El talud de hormigón de la Coracha: una cicatriz de la Guerra de la Independencia

Si miras hoy a la Coracha, ese paso que conecta la Alcazaba de Málaga con el Castillo de Gibralfaro, hay un elemento que rompe la armonía del conjunto: un talud de hormigón.

Lejos de ser un simple añadido moderno, este elemento está ligado a uno de los episodios más duros de la historia de la ciudad.

Una plataforma de artillería en 1810

En 1810, en plena Guerra de la Independencia Española, las tropas napoleónicas entraron en Málaga el 5 de febrero. Tras duros enfrentamientos en la zona de Teatinos, las tropas de lograron tomar la ciudad.

La derrota fue especialmente dura para Málaga: saqueos, destrucciones y una fuerte multa de 12 millones de reales impuesta a la población por haberse levantado contra las tropas imperiales.

A estos hechos le siguieron dos años de ocupación francesa, durante los cuales el Castillo de Gibralfaro se convirtió en el principal punto de acuartelamiento y defensa, siendo además reforzado y adaptado militarmente.

El talud de la Coracha se construyó como una estructura práctica: una base sólida para instalar artillería. Desde allí, los franceses podían controlar la ciudad y aprovechar su posición elevada para bombardearla si era necesario.

La antigua Coracha, concebida como un paso protegido para tropas de infantería medieval, evolucionó hacia una plataforma militar adaptada a la guerra moderna.

Agosto de 1812: destrucción antes de la retirada

El 27 de agosto de 1812, las tropas francesas abandonaron Málaga, pero lo hicieron dejando tras de sí un importante rastro de destrucción.

Aquella mañana, la ciudad despertó con explosiones en el Castillo de Gibralfaro: volaron la Torre Nueva y varios polvorines. A lo largo del día, se incendiaron baterías en el muelle.

Ya por la tarde, antes de marcharse definitivamente por el camino de Antequera, los franceses hicieron estallar otras estructuras defensivas.

Un espacio habitado

Las imágenes antiguas muestran una realidad muy distinta a la actual. Antes de la recuperación monumental de la Alcazaba en el siglo XX, este entorno estaba habitado.

En fotografías históricas aparece incluso una casa sobre el talud, testimonio de cómo estas estructuras, formo parte de la vida cotidiana de los malagueños.

Un obstáculo en pleno conjunto histórico

Hoy, el talud permanece como un elemento extraño dentro del conjunto monumental. Ya no cumple ninguna función militar, pero sí tiene un efecto claro: impide el paso directo entre la Alcazaba y Gibralfaro por su trazado original.

Una huella incómoda de la historia

El talud de la Coracha no pertenece al mundo islámico de la Alcazaba ni al desarrollo posterior cristiano. Es, en realidad, una huella de la ocupación francesa.

Una cicatriz.

Y, como ocurre con muchas cicatrices históricas, plantea un debate:
¿debe conservarse como testimonio de lo ocurrido, o transformarse para recuperar el sentido original del conjunto?

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